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Lluis Rizzo nació en el vecindario de clase trabajadora de Sants el 1 de agosto de 1959, quince minutos después que su hermano José. Lluis trabajó siempre que sus estudios se lo permitieron, primero usó lápices de plomo y carboncillo, y luego bolígrafos, pasteles, rotuladores, óleo, acuarelas, etc.
En 1986, en medio del nacimiento de sus dos hijos (en 1984 y 1988) pintó un cuadro hiperrealista del actor Klaus Kinsky, cuadro que le abrió muchas puertas, lo que le permitió dedicarse exclusivamente al arte.
Sus ilustraciones han sido publicadas en más de 40 países de todo el mundo. Durante este tiempo también ha dedicado su poco tiempo libre a exponer sus obras en Begues o Barcelona, aunque su primera exposición internacional no se celebró hasta 1999.
Después de experimentar durante años encontró la técnica ideal con la que combinar todo lo que había aprendido: tintas, óleos, pasteles, carboncillo, acuarelas, texturas acrílicas... ha trabajado con pinceles, aerógrafos, espátulas, lápices de colores, diferentes tipos de rodillos o gomas –cualquier cosa serviría- un cúter, un cepillo de dientes, un cepillo perteneciente a su perro o incluso un puzle.
En 2006 expuso en la Galería Trino Tortosa en Almería y fue en esa luz celestial donde encontró la paz y tranquilidad que había estado esquivándole durante tanto tiempo. Siguiendo la senda del Mediterráneo, ahora trabaja con Sammer Gallery, en Puerto Banús, Marbella. Su sueño, en estos momentos es representar su otra gran pasión, la música. Su gran proyecto es capturar los sentimientos que la gran música clásica le evoca, desde Bach (su primer trabajo en esta serie –Prelude- inspirado por la Suite Nº 1 para violoncelo y que está expuesto en la galería) a Stravinsky y por supuesto Beethoven.